11/02/2019

Crítica de Diógenes Céspedes a libro "Invención de la locura" de Rosa Silverio










Nota: 




Al critico Diógenes Céspedes, Habrá que denominarlo el "misógino" favorito de ciertos feminismos, no hay que desdeñarlo por ser “persona” decir lo que piensa a lo Camille Paglia.




Definitivamente el fin de los altares, los victimismos literarios, la lógica mecánica del sin sentido de la poesía cuando es asociada a eventos cercanos, personales, pero no siempre a la poesía misma como oficio. Ahora bien, para más felicidad propongo que toda esa energía de nuestro Diógenes Céspedes se canalice en paralelo con los “varoncitos” poetas, literatos de DR y Quisqueyanitos de NY. Le toca a Céspedes, darles también a ellos, su tundra poética, mental y gramatical. hacerles "las concordancias" y las gramaticales, asi como la reconquista de una poética y metáfora perdida, porque mire usted, querido Céspedes, que hay tantos varones narcisistas, funcionarios, malos poetas y con diagnostico en aumento, que casi alcanza todos los bosques “silverios” de la Amazonia…Porque nada hacemos con cuestionar el farandulelismo literario, la poética deportiva de tantas mujeres (que lo sabemos y reconfirmo y estoy de acuerdo con lo expresado por usted y sin sacar nada de contexto) pero a su vez debemos desnudar también a tantos varoncitos enganchados a poeta. Que si. Estoy de acuerdo, demasiado gente asumiéndose poeta sin siquiera manejar el yo biológico y el yo poético, sin terminar sus home work, sin dotarse de la materia prima para producir literatura de calidad, pero mi apreciado Cespedes igual entre los varoncitos y hembritas.
En mis compañeras mujeres la cifra es notoria, porque somos lindas, porque somos muchas, porque somos asi coquetas hasta en literatura, pero igual en los varoncitos que usted y yo conocemos demasiado bien, también es alta aunque no se note, porque no son hermosos como nosotras, no son tan coquetos y a lo que mas se acercan es a metro o a narcisistas), además de que ya no son producto en demanda. De Buena lid, maestro Céspedes, amigo, hermano Cespedes, hágame caso meta manos a los varoncitos, malos poetas, del Ministerio de Cultura, de Educación, (a nivel de poder) , meta manos a nivel geográfico a los malos poetas de los barrios, del Conde, Gazcue, Zona Norte o de Guibia...(MV)

Rosa Silverio: ¿A quién pertenece ese yo de tu poemario Invención de la locura?



Por Diógenes Céspedes

(1)

¿Poetizar la locura? Un lugar común desde el surgimiento de la escritura. India, China, Persia y Japón ancestrales. Los griegos se especializaron en el tema. En el Renacimiento, Erasmo de Róterdam y los demás. Para una historia de la locura en la Edad Clásica, Michel Foucault.

En cada época, los médicos, sicólogos y sicoanalistas pueden arrojar luz sobre esta enfermedad. Pero, ¿puede un poema o un conjunto de poemas decir algo nuevo sobre la locura? Esa es, creo, la pretensión en La invención de la locura, de Rosa Silverio (Madrid: Huerga & Fierro, 2019), actualmente residente en Madrid (Santiago, República Dominicana, n. 1978). ¿Lo logró?

De locos ilustres está lleno el mundo, según Vallejo-Nágera. Dos ejemplos: Nietzsche, Artaud. ¿Lograron decir algo nuevo acerca de su locura? Cualquier discurso de un sujeto loco que no sea siquiatra o sicoanalista corre el riesgo de quedarse en simple descripción. El discurso poético de alguien que no sea loco corre el riesgo de quedarse en descripción o deseo de volverse loco sin estarlo.

En descripción y deseo de estar loca se queda el discurso sobre la locura poética del yo biográfico de Rosa Silverio. Describe los síntomas que cree son los de su locura y desea volverse loca como las diosas suicidas de la locura que invocan sus poemas: Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Emily Dickinson, Virginia Woolf y faltaron otras suicidas como Alfonsina Storni, Violeta Parra, etc.

¿A quién pertenece el yo que se enuncia en el primer poema del libro de Silverio titulado “Más loca que una cabra”? Al yo biográfico de la autora es la respuesta, porque solo ella y nadie más está tomando los tres medicamentos citados, razón por la cual la escritura de ese poemario no permite que a través del sujeto del poema otras mujeres sean sujetos, es decir, mujeres únicas, múltiples y contradictorias indisociables de lo político, lo social y la ética. El título-refrán es una concesión al lenguaje coloquial con un lector virtual atrapado como testigo: “Vivo entre cuatro paredes blancas/abrazada a mi camisa de fuerza/perdida en las inexplicables cavidades de mi mente/asida al Prozac, al Trileptal, al Seroquel/huyendo de todos los demonios del pasado/intentando crear una estética desde el caos/rehaciendo con mis manos la poesía/resucitando cada día en la palabra/Yo soy Yo fui Yo seré”. (P. 15).

El escaso nivel de simbolización de ese primer poema y los que siguen es el resultado de la identidad del yo del discurso poético con el impudor del yo biográfico. El programa de la escritura del libro de Silverio queda expuesto en estos versos iniciales que desmenuzo enseguida. Su teoría poética es la creencia en que su obra intentará crear una “estética del caos” y, por consecuencia lógica, su teoría del lenguaje es la misma que la de su historia personal: una historia del caos del yo biográfico, el que a nadie le interesa. Esa estética que Silverio cree fundar es una antigualla ideológica perteneciente a la teoría del signo. Si hubiera sido poeta de la contradicción indefinida del sentido en el poema, le hubiera sacado partido pluri-semántico al único verso que lo permitiría: “huyendo de todos los demonios del pasado”. Pero en la evolución de ese poema inicial, nada nos dice Silverio acerca de cuáles son esos “demonios del pasado”. Solo en “Hematomas”, figura de la castración que le produjeron el padre y la madre, el yo biográfico de Silverio logra brindar al lector algunas pistas de su padecimiento que la ha noqueado y la mantiene en la frontera de la locura y que también, en sus obras anteriores, expone sobradamente.

Queda implícito que el padre quería un machito que fuera su espejo y heredero. Ese es el pecado de Rosa: haber nacido niña. Y no se ha sentido nunca amada por el padre ni por la madre sumisa que se sumó al odio del padre a su hija. De ahí la rebeldía de la hija que solo busca amor y reconocimiento paterno. Cualquier otra criatura nacida en esas condiciones asumiría la misma rebeldía. Pero la forma de buscar el amor y el reconocimiento paternos refuerzan el poder que Rosa Silverio combate y que cualquier otra criatura nacida con esta falencia enfrentaría, salvo trauma severo incapacitante.

La cura sicoanalítica no le vendrá a la autora con estas descripciones sintomáticas, sino cuando el yo del impudor vomite a todo pulmón la herida narcisista que le infligieron ambos progenitores, pero, sobre todo, el padre. Solo así llegará la sanación de ese inconsciente que la atormenta: “Has sido tú quien me ha cosificado/para ti mi sangre de luna es algo malo” (p. 29).

De nada vale, pues, maldecir. La blasfemia y la imprecación reproducen el mal que aqueja al yo biográfico: “Ah, Ojo Divino/maldito seas por los siglos de los siglos/Amén Amén Amén” (II, p. 69) y “tiré al suelo el cuadro de Cristo/he follado, he amado (…) Castígame, padre/golpéame fuerte/ y no temas a los hematomas” (p. 28).

El yo biográfico cree que “en sus manos rehace la poesía”. No, la poesía cambia cuando el poema, en este caso los poemas de Rosa Silverio, cambian las ideologías de su época. La primera ideología que un poema está obligado a cambiar es la idea de la poesía y la literatura existente en la sociedad y para la poeta santiaguera esa ideología es la “estética del caos”. La palabra “estética” implica ya la teoría misma del signo que Silverio cree rechazar en “El riesgo de bajar”: “Qué me importan el origen del mundo y la filosofía/qué me importan la metafísica y todas las artes/En este búnker se puede estar desnuda/se puede no saber nada/se puede ser el ignorante más grande de la tierra” (p. 17). He ahí al yo biográfico de Silverio víctima de su propio juego. Dice que la metafísica no le importa, pero se cobija a la sombra de Platón, el rey de los metafísicos occidentales: “La humanidad no tiene explicación alguna/Yo soy el testimonio de un enigma/yo soy la sombra de la que habló Platón/y esta habitación es mi caverna” (p. 15).

Rosa Silverio no vigiló su discurso. La metafísica sí debe importarle a ella y a cualquier sujeto. Y el discurso filosófico debe importarle, para no reproducir su teoría del signo y sus seis paradigmas antropológicos (Véaselos en H. Meschonnic. Crisis del signo. Política del ritmo y teoría del lenguaje. Santo Domingo: Ferilibro, 2000). Para no reproducirla. La teoría del caos que juega a convertirse en revolución le juega una mala pasada a cualquier yo biográfico. La estética de Rosa Silverio es la misma ideología que reproduce la teoría del arte y la literatura como arte y literatura de la muerte, desde Hegel hasta Heidegger y sus epígonos, pasando por Blanchot y Bataille. (Continuará).

Reproducido del periodico Hoy de RD

Link

https://hoy.com.do/rosa-silverio-a-quien-pertenece-ese-yo-de-tu-poemario-invencion-de-la-locura/?fbclid=IwAR1tF-BrbffzQn1f1uVw91u8fd52gFEq











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(y 2)

Ripios poéticos en casi todos los poemas de Invención de la locura, salvo quizá en “Las gatas no saltan por la ventana”, el más simbólico del libro, caracterizado por un plural parsimonioso (Roland Barthes, S/Z) y que marca uno de los pocos ritmos vocálicos (el valor de a acentuada) de ese poema como sistema, aunque plagado por la falta de dominio del idioma. Vicio común a los escritores de habla española es la falta de dicción siguiente: al sustantivo poseedor en singular o plural no siempre corresponde lo poseído en plural: “Por eso las gatas no deben arrojarse por las ventanas/aunque sean muy listas y ágiles/Lo más conveniente es que maúllen desde dentro de sus casas” (p. 31) y este verso sencillo: “los enfermos atados a sus camas” (p. 67, cursivas mías).

¿Cuántas casas tienen las gatas de este poema y cuántas camas posee cada enfermo?: una sola. Burlarse de la gramática en un poema tiene sus consecuencias. Al igual que burlarse de los galicismos empleados por Silverio: “pero es que sigo cargando las mismas piedras” (30). ¿No es más castizo y económico decir: “pero sigo cargando las mismas palabras”?

Burlarse de la gramática se castiga con el sinsentido o la anfibología cuando Silverio emplea mal los gerundios antepuestos o pospuestos sin guardar la obligatoria concordancia de los tiempos verbales: “los cubriré con el manto de la virgen (…)/acortando la falda, enseñando los tobillos/besando al mendigo que me pide unos centavos” (p. 28); “que no me perdonará nadie/pero es que sigo cargando las mismas piedras/caminando en renglones totalmente torcidos/y ahogando la palabra con la lengua” (p. 30); “y me iré caminando hacia el río/a dormir mi último sueño”; y, “se ha ido corriendo de este criadero de moscas” (p. 68). El gerundio es un presente y exige como concordancia verbal un presente, pero, en los casos que cito, Rosa Silverio emplea dos futuros y un pretérito perfecto de indicativo: se ha ido.

Con esta burla a la gramática, el discurso de Silverio proclamaría: ¿Qué me importa saber si un gerundio está bien o mal empleado y qué me importa a mí la regla de la concordancia de los tiempos verbales? La producción de disparates semánticos y léxicos y el uso abundante de verbos comodines y ripios poéticos son la consecuencia directa de esta ignorancia. ¿Qué me importa el uso de galicismos, si así lo escribí y me suena bien?: “y es que aquí todos estamos muertos” (p. 68): no es más poético “y aquí todos estamos muertos?”. Inconsciencia.

Como inconsciente debe ser para la cura de la dueña del yo biográfico decirle al padre: tú eres el inconsciente o decirle a Dios, tú eres el inconsciente. Pero esto sería una repetición de un enunciado de Lacan y nada nuevo crearía la poeta, incluso si escribiera que su padre la violó, la sodomizó, la abusó. Sería ideología de Sainte-Beuve: leer la obra literaria como si fuera la vida del autor. La poesía y el poema atraviesan estos juegos. Y Rosa Silverio debe decirle al padre: quédate con tu “Kit para suicidas” (p.30), no lo necesito, porque voy a celebrar la vida, voy a seguir viviendo y escribiendo para tanta gente que me ama y me reconoce.

De nada sirve maldecir al padre. No ayuda a la cura. Situar la política del padre y su ideología, sí. Perdonarle sin olvidar. Y saber que aún después de la muerte de la autora, el padre será su padre; “y he maldecido a mi padre hijo de puta” (p. 52), pero esta maldición no liquida la herida simbólica infligida al yo biográfico de la autora o de las otras autoras suicidas que ella invoca. La invocación a Marina Tsvietáieva viene sobrando en el poema VI (p. 40), porque esta poeta rusa, maestra del ritmo, enfrentó a todos los machos, incluido a Brice Parain, con quien se entrevistó en su oficina de Gallimard y perdió su día porque a la filosofía solo le interesa la poesía como desviación del lenguaje, según cuenta en su diario-biografía.

El poema V contiene otro plural parsimonioso (p. 74) y simboliza la poesía como sinónimo de locura, pero abierta a la oposición poesía vieja (una anciana) y la poesía nueva, distópica, la que vendrá con el descubrimiento de nuevas galaxias: “Imagino que soy una astronauta que ha logrado atravesar/la atmósfera en el Columbia. Soy la octava tripulante, la que/sobrevive cuando el transbordador se desintegra a su regreso/He sobrevivido, me digo en voz baja y al volver la vista/veo que por fin la anciana duerme/Descubro a una niña acurrucada en su cuna/El silencio la arrulla. El Columbia ya no existe/Yo remontaré en la siguiente misión que despegue hacia el espacio” (p. 74).

Del léxico, ¿qué diré? Que la larga estancia en Madrid paga el precio entre las dos variantes de español. Lo que obliga al lector a buscar en el diccionario la expresión “vuelta cascos”–fig. volverse loca (p. 69), sin curso en Santo Domingo; igual para “que los pobres huyan de sus chabolas”–choza (p. 23). Son tan ricos que cada pobre tiene más de una chabola; aunque el DRAE acredita a baobabs como plural de baobab, es barbarismo ilógico para la regla de formación del plural en español, pues la [b] final no se pronuncia. Lo mejor sería baobás, para este árbol africano. Silverio usa la palabra medicación (“tomándose la medicación”, p. 70) en vez de medicamentos y “la gente muere de cólera” (p. 20) en vez de “muere del cólera”, la ira y esa enfermedad no poseen el mismo sentido; los barbarismos búnker (p. 17) y borderline (p. 14) poseen equivalentes en español (sótano y límite), aunque al burka (vocablo árabe) estamos obligados de encontrarle un equivalente, velo quizá, aunque existe una diferencia entre burqa’urdu y hiyab; los verbos comodines “se hace sombra” (p. 52 y “se hace de noche” yo los poetizaría con “se ensombrece” y “anochece”.

Dentro de ese mundo de la locura invocada, el yo biográfico se aferra a la vida y guarda para sí una ligera esperanza de vuelta a la cordura, de desenredar esa confusión mental entre poesía y locura y ese asumirse eternamente como víctima del padre castrador. En “La caída”, reminiscencia por supuesto de Albert Camus, cuyas obras no son apología del suicidio, sino la conciencia feliz de quien ha llegado al conocimiento de que este mundo, la vida y la historia son absurdos, es decir, carentes de lógica: “Yo no estoy rota/Solo me duele bajo el costado” (p. 74). Más adelante abre la posibilidad a la vida: “La poesía desciende hacia mis infiernos/ ¿Quién me redimirá? /No estoy rota/Solo he tenido un resbalón en la escalera” (Ibíd.) Se lo repite una tercera vez para cerrar el poema: “Pero no estoy rota, lo repito/Solo he tenido una caída.” (Ibíd.).

Respuesta a la pregunta: ¿Quién me redime? Nadie redime a nadie. Únicamente se redime uno mismo. Los redentores terminan crucificados. El vivir-decir-escribir nos redime de ser sujetos dormidos, del impudor del yo, del yo narcisista. A través de la escritura nos plantamos como sujetos para que otros puedan ser sujetos despiertos.

No es sujeto libre el yo biográfico que reproduce la ideología del amor pasional, reminiscencia trovadoresca: “porque antes prefiero dinamitarlo todo/a perderte de una vez y para siempre.” (P. 25).

Link

https://hoy.com.do/rosa-silverio-a-quien-pertenece-ese-yo-de-tu-poemario-invencion-de-la-locura-2/

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